Hay que admitirlo. Todos somos pecadores. El Papa, las monjas y los sacerdotes también lo son, no crean que ellos no fallan.
Recordando, no somos nadie para juzgar a nadie, no somos nadie para castigar a otros por sus pecados.
Nuestro deber es aceptar nuestra condición humana de pecadores y tratar de enmendar errores y de ser mejores cada día, sabiendo que el pecado nos aleja de Dios, y que si queremos mantener con Él esa relación estrecha y personal debemos de ser fuertes y resistirnos a las tentaciones, hacer nuestro mayor esfuerzo de llevar una vida lo más parecida a Jesús.
Cuando vayas a juzgar a alguien, primero siéntate y si tu no tienes nada por lo cual ser juzgado. El único que es libre para hacerlo es Dios.
Aquí otra de esas lecturas que todos conocemos:
Evangelio: Juan 8,1-11
"El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra"
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?" Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra." E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?" Ella contestó: "Ninguno, Señor." Jesús dijo: "Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más."
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